El bombardeo mediático es constante; el discurso oficial es clarísimo: 2010 es un año de celebración, y aquellos que con anímos catastrofístas afirmen lo contrario son saboteadores no sólo de las fiestas, sino de la idea de patria y de libertad. En verdad, ¿por qué no habríamos de celebrar?
El año que comienza trae consigo la máxima celebración y exaltación del ser mexicano: el Mundial de fútbol. Ante la ágonica clasificación mexicana, y el grupo “de la muerte” en el cual fue colocado, a nosotros los mortales sólo nos queda rogarle a nuestros héroes, cuasidivinos, por un lugar en la segunda ronda. (No descartemos móvidas ilegales para conseguirlo, fieles también al espíritu de la Nación)
Dos fechas ilustres también se celebrarán con bombo y platillo: el bicentenario de la independencia, y el centenario de la Revolución. Porque mucho hay que celebrar en un México que ha mostrado tan grande progreso en las últimas dos centurias; tan distinto hoy que el de hace 100 años.
Porque en el México de hoy ya no hay discriminación social y racial. En el México de hoy ya no importa el color de nuestra piel, o la sintáxis de nuestra lengua, sino nuestra valía como seres humanos. Si no, que le pregunten a Jacinta Francisco Marcial, liberada en septiembre de 2009, tras 3 años en la cárcel acusada de secuestrar a seis policías federales en Querétaro. Ella sí que es prueba fehaciente de la equidad entre indígenas y mestizos en México.
Si no le creen a Jacinta, no se preocupen, que otras cuantas voces pueden dar fe del carácter equitativo de nuestra cara democracia. De la equidad y la igualdad surgen, sin lugar a duda, los muchos movimientos que reivindican la identidad indigena y el derecho a la misma; que defienden a su vez el derecho al desarrollo y al bienestar: a la existencia. La igualdad social explican al EZLN en Chiapas, a la Policía Comunitaria en las comunidades serranas de Guerrero, a los esfuerzos estudiantiles conjuntados en la celebración del Primer Foro Social Indígena, con el apoyo de la UNAM, en noviembre de 2009.
Está clarísimo que la Revolución mexicana, y su posterior institucionalización cambiaron todo en este país. Tierra y libertad, el lema de Emiliano Zapata, hoy ya no tiene validez alguna. La tierra es libre, para el mercado. Hoy, el país se entrega por completo a la economía de exportación, olvidándose de la soberanía alimentaria, dejando al campo en la pobreza y al país entero a merced de los caprichosos movimientos de la supuesta ciencia económica.
La Revolución social en México cambió por completo el orden social y la correlación de fuerzas entre clases sociales. En el 2009, esto se ve más que en 1919. Solo la Revolución puede explicar los niveles de pobreza, que alcanzaron en noviembre de 2009 el 47.4% de la población mexicana. (La Jornada).
Por supuesto que hubo en México una Revolución. Aquella que afianzó los cimientos del proyecto democrático burgués, y que 100 años después ha colocado al país al borde del conflicto de clases, ante la magnitud de las desigualdades y la profunda injusticia que impera en las relaciones entre privilegiados y desposeídos.
Pero habrá que matizar esto, porque si algo nos puede quedar claro, es que México es independiente. 200 años después de la gesta que un obscuro cura del Estado de Hidalgo comenzó, México puede afirmarse libre del yugo de los tiranos extranjeros, ¿no es esto verdad?
El miércoles 16 de diciembre de 2009, en Cuernavaca, Morelos, fue presuntamente asesinado Arturo Beltrán Leyva, lídel del homónimo cártel. En un operativo que será brevemente recordado (como toda memoria mediática), el narcotraficante fue brutalmente masacrado e inmoralmente expuesto en fotografías dignas de los mejores tiempos del Alarma.
Más allá de lo vulgar y burdo del desplegado mediático emprendido por la supuesta inteligencia del gobierno federal, alguna otra lección nos queda bien clara: México no actúo por sí mismo. Contrario a las contradictorias declaraciones de la SEMAR, SSP y PGR, el Departamento de Estado de los Estados Unidos se congratulaba por los resultados de su colaboración con el gobierno mexicano en la muerte del capo humillado.
¿Cómo es que las fuerzas de inteligencia de una potencia extranjera participan de asuntos de seguridad interna en un país independiente? ¡Vaya afrenta a la soberanía! ¡Vaya transgresión a nuestra independencia!
Tales gritos inocentes podrían venir de alguna voz poco informada, pero bien intencionada. México ha vendido los últimos resquicios de su libertad operativa en materia de seguridad interna a cambio de 1,400 millones de dólares, entrenamiento policíaco-militar y unos cuantos helicópteros.
Que no nos confundan: el Plan Mérida no es sino el otorgamiento de un estatus de igualdad en la toma de decisiones en materia de seguridad estratégica a Estados Unidos en México. Estados Unidos es parte integral del diseño de cualquier esquema de seguridad mexicano, pues éste se hace con su dinero, con su personal y, por supuesto, con su autorización.
Pero hay otra independencia, sin lugar a dudas, que no podemos negar: la libertad de expresión, de asociación, las libertades políticas. Eso explica, por supuesto, el carácter propagandístico que los medios de comunicación ligados a la clase dominante mantienen. Eso explica por qué los integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas no son más que unos revoltosos inadaptados, o por qué Andrés Manuel López Obrador es un peligro para México. Eso explica también por qué el matrimonio homosexual, y la homosexualidad en sí son una afrenta a la decencia humana.
Claro que hay libertad e independencia en México. Claro que hay igualdad y equidad en nuestro país. La libertad y la independencia que tenemos son las que placen a los poderes fácticos: medios de comunicación, clero, cúpulas políticas sin distinción de partidos o “ideologías”, grandes capitales mexicanos y extranjeros, el gobierno de los Estados Unidos, los pocos pero ricos empresarios mexicanos.
La libertad y la independencia, la igualdad y la equidad, existen mientras seamos mestizos, que hablemos con apego a la propaganda oficial y la visión de un México en el que no pasa nada. La libertad que tenemos es falsa, la independencia, aun un objetivo. La igualdad en México es una mentira y la equidad una aspiración aun lejana.
Hay mucho que celebrar este año, mexicanos, en la medida en que nosotros hagamos que así sea. Este 2010 podríamos celebrar una año verdaderamente histórico. El año en que nuestras buenas conciencias católicas nos abandonaron y decidimos dejar de poner la otra mejilla. El año en que la visión de una clase dominante cada vez más autonomizada y alejada de la realidad social del país fue confrontada. El año en que un presidente mitómano, enfermo de sangre y poder, negado por completo de inteligencia y tacto político, fue derrocado. El año en que las voces de los oprimidos, de los que carecen de oportunidades de desarrollo, se unió: el año en que mestizos e indígenas comprendimos que nuestra lucha es la misma, y que podemos unificar los frentes. El año en que negamos un modo de producción que sólo degrada nuestra Tierra y nuestra mente. El año en que México dijo ¡basta!
¿Qué necesita México en el 2010: celebración, o revuelta?
