viernes 8 de enero de 2010

2010. Entre la celebración y la revuelta

El bombardeo mediático es constante; el discurso oficial es clarísimo: 2010 es un año de celebración, y aquellos que con anímos catastrofístas afirmen lo contrario son saboteadores no sólo de las fiestas, sino de la idea de patria y de libertad. En verdad, ¿por qué no habríamos de celebrar?

El año que comienza trae consigo la máxima celebración y exaltación del ser mexicano: el Mundial de fútbol. Ante la ágonica clasificación mexicana, y el grupo “de la muerte” en el cual fue colocado, a nosotros los mortales sólo nos queda rogarle a nuestros héroes, cuasidivinos, por un lugar en la segunda ronda. (No descartemos móvidas ilegales para conseguirlo, fieles también al espíritu de la Nación)

Dos fechas ilustres también se celebrarán con bombo y platillo: el bicentenario de la independencia, y el centenario de la Revolución. Porque mucho hay que celebrar en un México que ha mostrado tan grande progreso en las últimas dos centurias; tan distinto hoy que el de hace 100 años.

Porque en el México de hoy ya no hay discriminación social y racial. En el México de hoy ya no importa el color de nuestra piel, o la sintáxis de nuestra lengua, sino nuestra valía como seres humanos. Si no, que le pregunten a Jacinta Francisco Marcial, liberada en septiembre de 2009, tras 3 años en la cárcel acusada de secuestrar a seis policías federales en Querétaro. Ella sí que es prueba fehaciente de la equidad entre indígenas y mestizos en México.

Si no le creen a Jacinta, no se preocupen, que otras cuantas voces pueden dar fe del carácter equitativo de nuestra cara democracia. De la equidad y la igualdad surgen, sin lugar a duda, los muchos movimientos que reivindican la identidad indigena y el derecho a la misma; que defienden a su vez el derecho al desarrollo y al bienestar: a la existencia. La igualdad social explican al EZLN en Chiapas, a la Policía Comunitaria en las comunidades serranas de Guerrero, a los esfuerzos estudiantiles conjuntados en la celebración del Primer Foro Social Indígena, con el apoyo de la UNAM, en noviembre de 2009.

Está clarísimo que la Revolución mexicana, y su posterior institucionalización cambiaron todo en este país. Tierra y libertad, el lema de Emiliano Zapata, hoy ya no tiene validez alguna. La tierra es libre, para el mercado. Hoy, el país se entrega por completo a la economía de exportación, olvidándose de la soberanía alimentaria, dejando al campo en la pobreza y al país entero a merced de los caprichosos movimientos de la supuesta ciencia económica.

La Revolución social en México cambió por completo el orden social y la correlación de fuerzas entre clases sociales. En el 2009, esto se ve más que en 1919. Solo la Revolución puede explicar los niveles de pobreza, que alcanzaron en noviembre de 2009 el 47.4% de la población mexicana. (La Jornada).

Por supuesto que hubo en México una Revolución. Aquella que afianzó los cimientos del proyecto democrático burgués, y que 100 años después ha colocado al país al borde del conflicto de clases, ante la magnitud de las desigualdades y la profunda injusticia que impera en las relaciones entre privilegiados y desposeídos.

Pero habrá que matizar esto, porque si algo nos puede quedar claro, es que México es independiente. 200 años después de la gesta que un obscuro cura del Estado de Hidalgo comenzó, México puede afirmarse libre del yugo de los tiranos extranjeros, ¿no es esto verdad?

El miércoles 16 de diciembre de 2009, en Cuernavaca, Morelos, fue presuntamente asesinado Arturo Beltrán Leyva, lídel del homónimo cártel. En un operativo que será brevemente recordado (como toda memoria mediática), el narcotraficante fue brutalmente masacrado e inmoralmente expuesto en fotografías dignas de los mejores tiempos del Alarma.

Más allá de lo vulgar y burdo del desplegado mediático emprendido por la supuesta inteligencia del gobierno federal, alguna otra lección nos queda bien clara: México no actúo por sí mismo. Contrario a las contradictorias declaraciones de la SEMAR, SSP y PGR, el Departamento de Estado de los Estados Unidos se congratulaba por los resultados de su colaboración con el gobierno mexicano en la muerte del capo humillado.

¿Cómo es que las fuerzas de inteligencia de una potencia extranjera participan de asuntos de seguridad interna en un país independiente? ¡Vaya afrenta a la soberanía! ¡Vaya transgresión a nuestra independencia!

Tales gritos inocentes podrían venir de alguna voz poco informada, pero bien intencionada. México ha vendido los últimos resquicios de su libertad operativa en materia de seguridad interna a cambio de 1,400 millones de dólares, entrenamiento policíaco-militar y unos cuantos helicópteros.

Que no nos confundan: el Plan Mérida no es sino el otorgamiento de un estatus de igualdad en la toma de decisiones en materia de seguridad estratégica a Estados Unidos en México. Estados Unidos es parte integral del diseño de cualquier esquema de seguridad mexicano, pues éste se hace con su dinero, con su personal y, por supuesto, con su autorización.

Pero hay otra independencia, sin lugar a dudas, que no podemos negar: la libertad de expresión, de asociación, las libertades políticas. Eso explica, por supuesto, el carácter propagandístico que los medios de comunicación ligados a la clase dominante mantienen. Eso explica por qué los integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas no son más que unos revoltosos inadaptados, o por qué Andrés Manuel López Obrador es un peligro para México. Eso explica también por qué el matrimonio homosexual, y la homosexualidad en sí son una afrenta a la decencia humana.

Claro que hay libertad e independencia en México. Claro que hay igualdad y equidad en nuestro país. La libertad y la independencia que tenemos son las que placen a los poderes fácticos: medios de comunicación, clero, cúpulas políticas sin distinción de partidos o “ideologías”, grandes capitales mexicanos y extranjeros, el gobierno de los Estados Unidos, los pocos pero ricos empresarios mexicanos.

La libertad y la independencia, la igualdad y la equidad, existen mientras seamos mestizos, que hablemos con apego a la propaganda oficial y la visión de un México en el que no pasa nada. La libertad que tenemos es falsa, la independencia, aun un objetivo. La igualdad en México es una mentira y la equidad una aspiración aun lejana.

Hay mucho que celebrar este año, mexicanos, en la medida en que nosotros hagamos que así sea. Este 2010 podríamos celebrar una año verdaderamente histórico. El año en que nuestras buenas conciencias católicas nos abandonaron y decidimos dejar de poner la otra mejilla. El año en que la visión de una clase dominante cada vez más autonomizada y alejada de la realidad social del país fue confrontada. El año en que un presidente mitómano, enfermo de sangre y poder, negado por completo de inteligencia y tacto político, fue derrocado. El año en que las voces de los oprimidos, de los que carecen de oportunidades de desarrollo, se unió: el año en que mestizos e indígenas comprendimos que nuestra lucha es la misma, y que podemos unificar los frentes. El año en que negamos un modo de producción que sólo degrada nuestra Tierra y nuestra mente. El año en que México dijo ¡basta!


¿Qué necesita México en el 2010: celebración, o revuelta?

viernes 2 de octubre de 2009

2 de octubre, hoy

En México existen las condiciones materiales para una movilización social de grandes dimensiones y objetivos. El grado de autonomización de la clase política, sumada a su conducta rapaz, le han colocado, hoy, no sólo de espaldas a la población, sino en franco enfrentamiento con ésta.

La clase política, ligada y subordinada hoy más que nunca a los grandes intereses capitalistas, no únicamente ha propuesto un impuesto insostenible para México (el famoso 2% "contra la pobreza", que tal vez iría muy bien en Escandinavia), sino que se ha decidido a lanzarse en contra de los ahorros de los trabajadores. Y sin consultarlos, por supuesto.

El presidente Felipe Calderón, que queda vez más claro que funge como un gerente empresarial, al servicio de los que con su dinero sostuvieron su campaña, aprovechó ayer el circo mediático formado en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal para proponer este nuevo robo como una medida que favorece a los trabajadores.

¿De qué estoy hablando? Ayer, el presidente (¿"presidente"?) Calderón propuso, con el desparpajo ya usual, utilizar el dinero de los trabajadores colocado en las Afores para financiar obras mixtas de infraestructura. Se dice que además estas cotizarán en la Bolsa Mexicana de Valores, lugar por demás obscuro, y que, así, serán ganancia segura para empleados y empresarios. Con esa sutil frase, Calderón pretende eliminar las contradicciones de clase que su gobierno faccioso profundiza y cataliza.

No nos engañemos. Calderón sirve a los intereses de su grupo de leales, como lo demuestra la conformación de su gabinete, y, más recientemente, el nombramiento de Arturo Chávez Chávez como Procurador General de la República. Calderón, el que prometió empleos, diagnosticó catarritos, sumió al país en una espiral del violencia que ha cobrado más vidas que la guerra de Estados Unidos en Irak. Felipe Calderón, el que llegó a la presidencia con una legitimidad precaria, y que se ha sostenido en ella con base en el fortalecimiento del aparato policiaco-militar. Felipe Calderón Hinojosa, sirviente/presidente de los ricos y poderosos, de los políticos y empresarios; guardián de sus riquezas, gerente de sus empresas. Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, la cara visible de una podredumbre que corroe las entrañas mismas de un México que agoniza.

La clase política y la alta burguesía mexicanas fomentan el sopor del pueblo mexicano. El pueblo, devenido masa, es moldeado día a día por los medios de comunicación masivos. Televisa y TvAzteca son parte importante de esa maquinaría de dominación y explotación que se impone ominosa sobre cada una de los trabajadores de este país.

Ejemplos claros de su imbricación con la clase política hay de sobra. La revista Quién, retrato sobrecargado de la clase burguesa mexicana, coloca en su portada a Carlos Salinas de Gortari, a quien le otorga el flamante título de Mr. Socialité.

Resultaría, en casi cualquier país y en casi toda situación, rídiculo hacer alusión a una revista de sociales para hablar de la clase política. En México, hoy, no lo es. Si en Estados Unidos se menciona el peso importantísimo de la campaña mercadotécnica mediática de Barack Obama en su elección como presidente, en México hemos de analizar el caso de Enrique Peña Nieto.

Mr. Socialité y Enrique Bombón Peña Nieto frecuentan eventos similares. Se muestran radiantes uno y el otro. El primero, convertido hoy en figura pública, hace perdediza su culpabilidad en asesinatos, robos millonarios, tráfico de influencias, corrupción, y otras cuantas cuestiones menores.

El segundo, convertido hoy en actor de telenovela, nos entrega día con día episodios impactantes de su trágica/heroíca historia. Guapo, carismático y viudo, es producto perfecto de consumo para las masas que observan día a día la televisión. Su vida sobrepasa cualquier guión hecho y vuelto a hacer por nuestros destacadísimos escritores telenoveleros. ¿Por qué no un hombre guapo, recto, simpático y bueno ha de encontrar el amor en los brazos de reconocida actriz de televisión? ¿Por qué no? ¿Qué acaso no le pasa eso a los buenos?

¿Qué no, también, Enrique Peña Nieto es directo responsable de la violación de derechos humanos en Atenco? ¿Qué no también Enrique Peña Nieto promovió un juicio político en contra de Ignacio del Valle, su hija América, y otros líderes sociales más?

Por supuesto, esto no puede salir en televisión, porque el galán se vería manchado, y, así, ¿quién lo va a querer consumir?

Televisa y TvAzteca no funcionan solamente como tapaderas para las corruptelas y manejos obscuros de nuestra clase política. Sirven, además, para crear historias alrededor de ellos; mitos de consumo y desecho inmediato, que resultan utílisimos para continuar aprovechándose de los beneficios, por un lado, de la publicidad, y por el otro, del erario público.

Existe una amplia coalición de explotadores conformados en maquinaria perfectamente aceitada. Juanitos y diputadas juanitas, Joaquín López Dóriga y Sergio Sarmiento. Las sanguijuelas que hoy viven de nuestro país no se ubican en un color o en otro; muchas no tienen siquiera afiliación partidista. No es, entonces, cuestión de reuniones secretas y conspiraciones complejísimas (aunque no hay por qué descartarlo). Es una razón más simple y más profunda la que les mueve: su conciencia de clase.

Lo que hoy se vive en México es claro ejemplo de que la historia no se ha terminado. No hay fin de las contradicciones. Se nos ha dicho que los intereses de Agustín Carstens, del FMI, de los Estados Unidos, de Manlio Fabio Beltrones, de Dante Delgado, de Jesús Ortega, son los mismos que los nuestros. Carlos Slim restaurando el Centro Histórico de la Ciudad de México pretende presentarse como amabilísimo filántropo, responsable multimillonario.

El cerco ideológico que se ha construido en torno nuestro debe ser roto. Sólo así lograremos ver que los intereses que mueven a los destacados personajes que arriba he mencionado no son los mismos que los nuestros. Ellos defienden su ganancia: el plusvalor. En dicha búsqueda no hay costo demasiado grande para el trabajador, para el ciudadano de a pie. Los ahorros de su vida pueden ser invertidos a discreción por un presidente de ricos. Su consumo básico se puede ver gravado, punzando en su necesidad de alimentarse, aprovechándose del hambre, lucrando con la supervivencia misma.

Atacan, además, las medidas por las cuales esa masa moldeable podría convertirse en una amenaza real. Disminuye el gobierno sistemáticamente el presupuesto para la educación superior. El Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Narro Robles, ha manifestado su oposición a dicha medida. Académicos de la misma Universidad, así como de otras instituciones públicas de educación superior, como el IPN, la UAM, la UACM, se suman a dicha posición.

Felipe Calderón acabó por entregar la educación pública a una mafia, dirigada por Elba Esther Gordillo. Su total desinterés por la formación estudiantil mexicana los ha llevado a modificar el plan de estudios de las primarias, haciendo del olvidar la historia una obligación. Los intereses de la clase dominante hoy tienen medidas más sofisticadas de implantación: el olvido es uno de ellos; el que olvida está condenado a repetir su historia.

Los enemigos de este país tienen nombre y apellido: Felipe Calderón, Marcelo Ebrard, Manlio Fabio Beltrones, Carlos Slim Domit, Agustín Carstens, Elba Esther Gordillo, Carlos Salinas de Gortari, Jesús Ortega, Guadalupe Acosta Naranjo, Emilio Azcárraga Jean, Ricardo Salinas Pliego, Enrique Peña Nieto, Genaro García Luna; son también enemigos de México aquellos que con su pluma, voz y rostro personifican el Gran Engaño en el que país se ve inmerso: Joaquín López Dóriga, Carlos Loret de Mola, Adela Micha, Javier Alatorre, Alejandro Villalvazo, Mariano Riva Palacio, Roberto Ruiz, Sergio Sarmiento, Héctor Aguilar Camín. La lista sigue y sigue.

No estoy llamando a su asesinato, no estoy llamando a la violencia. Hoy más que nunca hace falta que la sociedad civil se organice. Es necesario establecer estructuras de resistencia y enfrentamiento ideológico a estos grupos. Es vital, también, tomar las calles, por más que los medios de comunicación masiva se encarguen de mostrar a los que así lo hacen como bárbaros, sin jamás indagar en las razones profundas de su descontento.

Organización y desobediencia civil. México lo necesita, nuestras conciencias nos lo exigen; nuestra memoria, en este 41 aniversario del genocidio de Tlatelolco, nos lo demanda. No podemos cargar en nuestra espalda el peso de la destrucción de México. Debemos detener su desmantelamiento. Es momento de crear alianzas amplias. Trabajadores, estudiantes, burócratas. Todos son empleados por una clase dominante que cada vez los ve más como su posesión, que expropia su derecho a un futuro, a un empleo, a una casa, al alimento, a la vida digna.

Hay que tenderle la mano hermana a los pueblos indígenas de este país. Basta ya de querer transformarlos en mestizos, de querer hacerlos "mexicanos a modo". No es suficiente respetar sus tradiciones, es necesario luchar por sus derechos, que son, en el fondo, los mismos que los nuestros: futuro, empleo, casa, alimento, vida digna. Libertad.

El objetivo ambicioso y amplio que mencioné en el primer párrafo de este texto no puede ser otro más que la caída del gobierno de Felipe Calderón y la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, en la cual los grupos de la sociedad civil organizada: indígenas, trabajadores, estudiantes, intelectuales, se vean representados. Es momento de que México abandone su retraso en la construcción de modelos de justicia social. Es momento de devolver el país a sus pobladores, y arráncarlo de las manos poderosas del capital.

martes 29 de septiembre de 2009

Cosas

Las cosas siempre nos están buscando. Sigilosas aguardan detrás de cada esquina, de cada palabra, de cada muerte, de cada vida. Podemos renegar de las cosas, pero siempre nos van a terminar encontrando. A veces nos buscan para golpearnos y terminar por darnos lecciones de humildad en una época donde ésta escasea.

José Miguel toda su vida -aquella que él eligió para que así fuera, cuidadosamente descartando los momentos incómodos- negó a Dios. Negó a Dios cuando apenas era un adolescente. Lo hacía por rebeldía, por enfrentarse a algo; por obstinación, no por razonamiento. A fuerza de pensar, encontró argumentos para su necedad, y pudo decirse científico progresista, haciendo del enfrentamiento y la necesidad de decir que no cuando los otros dicen si una herramienta metodológica. Negando a Dios le tomó la 2ª Revolución de su país, que no fue sino la reedición de una guerra civil sucedida hace 100 años. Negando a Dios luchó al lado de otros tantos que compartían su fe en la no-fe. Al final, triunfaron. José Miguel, obstinado como siempre, encontró nuevos argumentos subversivos en la parte de abajo y a la izquierda de su mente atribulada, los cuales sustentó con párrafos precisos de preciosos libros amarillentos que alguien había olvidado en la vieja biblioteca que lo miraba desvelarse. Siguió negando a Dios y a todo aquello que quisiera colocarse por encima del hombre. En la ciudad no fue más escuchado, perseguido huyó entonces al campo seco y muerto de un país desangrado por siglos enteros de rapaz explotación. En el campo siguió negando a Dios, y por más que tanta negación levantaba alguna sospecha de los temerosos campesinos de dios padre, sus buenos actos lo hicieron ver como un hijito rebelde del mismo omnipotente, que en su omnipresencia, tal vez, pensaban, lo miraba blasfemar y reía sonoramente. Al final, fue muerto, como todos. Murió como un perro bravo, enseñando los dientes y mordiendo hasta el último momento, acorralado en una esquina, perseguido por unos que cegados por la rabia lo creían rabioso. Su cuerpo ensangrentado fue rescatado por las sencillas mujeres y hombres que le habían mirado maldecir. No sabían muy bien qué había pasado, cuáles habían sido sus últimas palabras; poco importaba todo eso. Le cargaron envuelto en una roída sábana que parecía algún día haber sido blanca. A unos 23 km de su última sangre derramada en vida, en muerte fue enterrado debajo de la cruz. Los peregrinos comenzaron a adorarle: ante la falta de esperanzas vivas, siempre podemos acudir a los muertos. Muerto se afianzó su fama, creció su voz, se generó su fe. Comenzaron a santificarlo, sin que el Vaticano tuviera mucho que ver o siquiera estuviera enterado. San Miguel San Miguel resultaba tan genérico. Cómo llamarle a ese hombre que negaba, a ese que luchaba, a ese que murió fusil en mano y fuego en los ojos. Uno de los jóvenes recordó lo que siempre decía, que nunca entendía, y parecía suficiente para identificarlo.

-¡San Miguel Anarquista! -exclamó gustoso, ante las miradas divertidas y convencidas de los que le rodeaban. De poco a poco el nombre cobró fama propia; los milagros cayeron de su lado. El anarquista devenido santo, si tiene un poco de humor, estará riendo sentado cerca de dios padre, aunque es más fácil imaginarlo renegando de sí mismo, antes que aceptarse divino.
Este es un extracto de una serie de cuentos cortos en los que estoy trabajando. ¡Ojalá les guste!

miércoles 2 de septiembre de 2009

La exposición esterilizada de la desgracia

World Press Photo 09. Museo Franz Mayer
Un recinto pulcro en el centro de la Ciudad de México me recibe en su vestíbulo con una tienda llena de objetos que revisten o buscan revestir algún valor estético. Lo que predomina en ellos es la diferencia. Hay objetos propios del México antiguo, como los hay los que corresponden a la sociedad contemporánea. He tenido una bienvenida ecléctica, que se inscribe en el vaguísimo concepto de lo posmoderno.

Adentro, un espectáculo por demás complejo se me presenta; la tienda de la entrada era sólo una advertencia. Una larga fila se extiende por la planta baja, para romperse en las escaleras, y reconfigurarse en el piso superior. Miro pasar familias enteras, parejas, grupos de amigos, y muchos solitarios; más de uno va cargando una cámara de fotografía, muchas de ellas profesionales.

Me integro a la fila, y así me convierto en parte de esa procesión voyeurista de la desgracia del mundo. En pequeñas placas se encuentra contenida la realidad de un planeta que colapsa. Primero, las fotos del crack de la bolsa neoyorquina, marcando el inicio de la más profunda crisis económica de los últimos 80 años, tal vez de los últimos 100 o 200; a nadie le importa. Comentan y comento la técnica de la fotografía. Dedos señalan la impotente cara de un corredor de bolsa, que observa con desolación la gráfica que se desploma frente a sus ojos, y que, por un acto de ingenio del fotógrafo, nosotros podemos mirar también. Risas tímidas, asombro instantáneo; pasamos a la siguiente foto.

Por alguna razón meto la mano a la bolsa, y me doy cuenta que los 45 pesos que acabo de pagar significan la pérdida de, al menos, un cuarto de mi presupuesto del día. La crisis hecha imagen parece más real que la que en todos se impacta. Por esos momentos de éxtasis comunicativo, la realidad está contenida en las plaquitas, y nosotros no somos sino visores mecánicos que de una placa a otra caminan, y que en una y otra tienen las reacciones que de ellos se esperan; aquéllas para las que han sido programados. Autómatas creados para expresar sentimientos y emociones perfectas ante la imagen precisa de la desgracia cotidiana.

La procesión es nauseabunda. Una a una se suceden imágenes, venidas de los rincones más cercanos y lejanos del mundo, creando espacios esterilizados, llenos de sangre, sudor, dolor y desesperanza impresa, manufacturada y consumida. La esterilización nos provee de paz. La esterilización nos permite mantenernos al margen de la mierda. La mierda es cosa de los de la foto, cuando a ellos les importa, y eso no sucede siempre.

Miro a unos niños brasileños riendo y comiendo helado frente al cadáver de otro joven abatido en la favela. Helado quedo yo ante la perfecta captura de la deshumanización de la sociedad; levanto la cara y miro a un hombre fotografiando la fotografía de una madre de familia asesinada en Centroamérica frente al vehículo que transportaba a sus hijos. Me miro los pies, las manos, las piernas, veo los ojos que me ven. Deshumanizados todos en este juego mecánico de la desgracia humana.

Las imágenes me conmueven, pero no por sus contenidos. Me sorprende no recordar. El olvido me ha consumido, al fin, a pesar de mis quejas, mis gritos y mi lucha. Como un rayo me vuelve el ciclón Nargis, que el año pasado en Myanmar causó incontables daños, al tiempo que la junta militar que gobierna aquel país se veía “fuertemente” asediada desde el extranjero. Mi mente lo había suprimido. El río incesante de la información lo había sumergido, la corriente resultó demasiado fuerte.

La nausea se detiene por los momentos en los cuales subimos las escaleras. Es un tiempo de dispersión, donde podemos comentar frívolamente qué escena nos impacto más, qué desgracia es peor, cuál no quisiéramos vivir, o tal vez siquiera haber visto en nuestra vida.

La corta paz viene seguida de la más corta exposición de la desgracia. Otra colección desigual de fotos se extiende. La fila es lenta. Caminamos paso a paso, cuidándonos de no pisar al de frente, de no acercarnos demasiado, de no incomodarlo. En esta exposición de la miseria global, no podemos tolerar un mínimo grado de disgusto, más allá del que creamos y destruimos con cada foto, con cada desgracia, con cada muerte; con cada lágrima encerrada en tinta y papel.

De pronto, la mecánica del evento tiene un final feliz, como toda historia manufacturada en este mundo deshumanizado. Las imágenes de animales hermosos, de competencias deportivas que exaltan el valor y la tenacidad del hombre, toman el lugar de las imágenes de muerte, devastación e incertidumbre que demuestran la miseria humana.

Mirando estas fotos, los rostros duros cambian, las emociones perfectas de empatía programada se modifican, y todos podemos respirar tranquilos. Reímos, nos asombramos, nos glorificamos glorificando algún héroe deportivo que en un año apenas y podremos recordar. Se abren paso las emociones perfectas de deificación del hombre reificado.

La procesión voyeurista de la desgracia humana ha terminado su ritual. Ha consumido mecánicamente la tristeza, la incertidumbre, el dolor, la desesperanza y la muerte. Una vez consumida la ingesta mínima necesaria de autocomplacencia moral, el hombre-máquina ha pasado al postre: la belleza y magnificencia de la naturaleza y del hombre. Así ha podido salir en total paz, habiendo sustituido un pequeño cuadro de realidad por otro, sin ser capaz de hilar que tanto la muerte y la vida; la mierda y la gloria; la miseria y la riqueza; el aquí y el allá, son todos parte del mismo mundo. Incapaz de entender que mirar esa miseria, consumirla y desecharla en intervalos más o menos regulares de tiempo, como parte de una silenciosa marcha fúnebre, lo hace a él mismo un producto de consumo y desecho inmediato; que su valía no es más que la de la foto que con apetito diseñado mercadotecnicamente ha consumido. Así será él consumido, y así consumirá; así será él desechado, y así desechará, mientras marche inconsciente en una procesión voyeurista vacía de significado, vacía de vida, vacía de muerte, vacía de todo.

lunes 17 de agosto de 2009

El Olvido de Acteal

Hoy escuchaba por la mañana a Carlos Loret de Mola en su noticiero en Televisa. Con ese aire altanero que le caracteriza entrevistó al director de la Policía Judicial del D.F. Le cuestionó agresivamente sobre el proceso seguido a raíz de la muerte de dos jefes policiales en un operativo antisecuestro, en el cual además cayeron muertos tanto el secuestrador como la secuestrada.
Las condiciones son oscuras. No se sabe si los policías se mataron unos a otros, y terminaron por matar también a la secuestrada y el secuestrador. No se sabe tampoco si el secuestrador, en un arranque alla Rambo se echó a los jefes policiales y a la víctima.
Sin lugar a dudas es importante esclarecer las condiciones bajo las cuales estas 4 personas resultaron muertas: hay que exigir justicia.
El clamor por justicia, por lo menos para Loret de Mola y sus correligionarios (de clase tal vez), es selectivo. No hay grandes llamamientos a esclarecer la situación de los indígenas liberados por la cuestión de Acteal, apenas la semana pasada, y casi 12 años después de ocurrida la matanza.
Es más, algunos, como Sergio Sarmiento, celebran la decisión de la Suprema Corte de Justica de liberar a los implicados. Con bombo y platillo festejan la restauradora decisión de los magistrados.
Pero las palabras se les terminan cuando se trata de pedir justicia para los otros, para los que ya murieron, en suelo chiapaneco, en diciembre de 1997.
Jean Baudrillard señalaba, por aquellos mismos años en su libro La Ilusión del fin, que a finales del siglo XX la humanidad había entrado en un estado de revisionismo, de expiación de sus culpas, de reelaboración de la historia para el apaciguamiento de las conciencias incendiadas con injusticias y violencia vieja, que en el presente sigue sangrando.
En el México de hoy, hacemos lo mismo. Nos encontramos borrando la historia, expiando nuestros pecados. Ahora ha sido el turno de Acteal. Más allá del hecho de que los liberados pueden haber sido procesados irregularmente, del que algunos de estos liberados son asesinos confesos, identificados por sobrevivientes y testigos de la matanza; más allá de esto, en el gobierno nadie se plantea la pregunta: ¿cómo hacer justicia para Acteal?
Algunos "intelectuales" como Héctor Aguilar Camín en su serie de escritos Regreso a Acteal (cabe preguntarse, ¿cómo regresó, si nunca ha ido?) se han abocado a reescribir la historia. Borrar y sobre un lienzo vacío que sólo conserva un nombre descontextualizado -Acteal en este caso- escribir hechos convenientes y verdades satisfactorias no es trabajo de historiador. Es trabajo de asesino a sueldo: asesino de la verdad, asesino de la justicia, dos veces asesino de los indígenas muertos en Acteal.
El gobierno está lleno de restauradores e ilusionistas. Ilusión de seguridad mediante la guerra permanente; ilusión de justicia mediante la perpetuación de la injusticia primaria, de la barbarie, del crimen de Estado; ilusión de libertad, mientras se militariza el país, se judicializan las telecomunicaciones y se niegan las violaciones conocidas a los Derechos Humanos.
El verdadero peligro que hoy se le presenta a México es el del olvido. Olvidarnos de la injusticia significa abandonar la posibilidad de justicia. Olvidarnos de la matanza significa sentar las condiciones para una nueva. Renunciar a la posibilidad de conocer la verdad de Acteal, de procurar al menos hacer justicia (si es que es posible en el caso de atroces matanzas), condenarle al olvido, es un acto de suprema infamia.
Es vital no permitir que las acciones de la Suprema Corte no signifiquen el entierro de Acteal. Es vital leer con ojos criticos a los que quieren borrar nuestras memorias, reescribir la historia.
No olvidamos, no perdonamos. Exigimos justicia.

lunes 20 de julio de 2009

La destrucción

"Todo acto de creación es en primer lugar un acto de destrucción."
Pablo Picasso

El viernes por la noche, mientras los tragos iban y venían, recibí una crítica. Como toda crítica, la escuché a regañadientes. Primero, me amargó; nunca puedo evitar gesticular cuando me paso una crítica, aún cuando la acompañe de un whiskito. Después, le intenté agarrar el sabor; recibir bien la crítica es un gusto adquirido. Al final, no sólo me la tragué, sino que la absorbí, y hoy respondo.

Me fue señalada la virulencia de mis textos. No puedo negarlo. Me fue señalada mi animadversión al sistema económico que rige nuestros caminos. Consideraría no un error, sino una prueba de una preocupante ceguera el no hablar con encono sobre el catalizador de toda desigualdad e injusticia humanas, el férreo economicismo al cual la sociedad moderna se suscribe. Fui señalado como un destructor, no como un creador. La crítica, pues, fue mi falta de crítica constructiva.

Y eso me puso a pensar.

Criticar constructivamente es no criticar, es ser condescendiente. Criticar constructivamente me colocaría en la posición de creer en la posibilidad de reformar. No hay lugar para reformar este podrido sistema. Toda reforma se montaría en un edificio con cimientos carcomidos por siglos de negligencia, de impunidad, de crueldad, de violencia, de odio. Cimientos así no pueden ser reformados, sólo destruídos.

La crítica única es la que destruye. La destrucción es creación. Destruir significa deconstruir, y deconstruir significa comprender. En los tiempos donde el conocimiento se ha vuelto una mercancía, esclavo de la economía, el trascender los velos del consumismo es imperativo. Destruir es trascender. La destrucción profunda conlleva trascendencia.

La destrucción profunda.

No hay que ir a romper un vidrio, a rayar una pared, a mentar la madre. Si hemos de destruir, preocupémonos por hacerlo; la destrucción profunda es la de los símbolos. Todo aquello que es basamento de la miseria moderna debe ser destruído:

Los símbolos de la segregación y la desigualdad; los símbolos de la negación del otro, los símbolos de la esclavitud. Los símbolos de la dominación, de la deshumanización; los símbolos de la amoralidad, los símbolos de la moral. Los símbolos del estatus, del privilegio. Los símbolos de la ignorancia.

Por eso les digo: destruyan. Destruyánlo todo. Destruyan los prejuicios y los preconceptos. Destruyan los conceptos. Destruyan la amoralidad, pero también destruyan la doble moral. Destruyan sus ideas viejas, pero no dejen de pensar en la necesidad de, eventualmente, destruir sus ideas nuevas. Destruyan cada palabra, despojénla de su contenido, mirenla como una historia. Historias de dominación, historias de negación, historias de odio.
Naco.

Gato.

Indio.

Conceptos que lo único que muestran es una voluntad de continuar segregados, de profundizar las diferencias, de encerrarnos en nuestros guetos; de seguir dominados, 500 años después. Muestra inequívoca de la colonización de nuestra mente, de la esclavización de nuestras voluntades, de la deshumanización del otro, de la deshumanización propia.

Naco.

Gato.

Indio.

La perpetuación de la dominación total por obra de la palabra. Dominado el que lo dice, reproduciendo conceptos heredados, que sostienen y se sostienen en el régimen socioeconómico existente, de desigualdad e imperio de unos sobre otros. Dominado el que es denominado, relegado a la condición de servidor, de bestia, de subhumano, de animal sin razón, de pobre jodido, de poca cosa. ¡Ay pobre indio!, ¡Ay una caridad!

Destruyámoslo todo. La necesidad de tener para ser, la publicidad, la vida de consumo, la esclavitud voluntaria: la idea de la existencia, del ser, de la realidad y de todo lo que en ella existe como productos. Destruyamos la enfermedad de la posesión infinita, hagamos al hombre humano otra vez. Miremos menos a los carteles de las grandes avenidas, y más a las motivaciones que les han puesto ahí. Preguntémonos que buscan, y respondamos aunque las palabras perforen y llenen de sangre a nuestros oídos.

Los productos no crean personalidades. Las personalidades en un sistema socio-económico de dominación total de la mente y el cuerpo son actos de resistencia, de enfrentamiento, de desobediencia. Las personalidades son indeseables.

Los productos son sucedáneos de personalidad, son creadores de una falsa subjetividad. Se vende el amor propio, la felicidad, la tranquilidad, la certeza, como si fueran cosas que existen en sí, que no implican el conocimiento de sí mismo y de las cosas, de los demás, el conocimiento trascendente; lo único que necesitas es suficiente dinero.

El hallazgo de uno comienza por la destrucción del Yo falso. La destrucción del Yo falso comienza por la destrucción de los conceptos que sostienen la vida social moderna. La destrucción de estos conceptos es la única posibilidad de cambio. Todo lo demás sigue siendo un sucedáneo, sigue siendo una reforma.

No estamos para medias tintas. La realidad nos lo exige. Si hemos de despojarnos de la venda que veda el acceso a la comprensión de la realidad, hemos de destruir todo lo que nos ha sido dicho sobre la misma. La historia es la que será nuestra aliada única en tan ardua e infinita labor.

Destruirlo todo, comenzando por uno mismo. Tal es el camino que propongo, tal es mi alegato, tal es mi razón de ser.

Destruir porque sólo destruyendo se afirma que hay vida más allá de la compra, más allá de la reiteración, más allá de la sumisión y de la dominación total. Destruyendo con las palabras las ideas que sojuzgan las propias.

Destruir para crear, tal es el manifiesto. Manifiesto de afirmación de la vida en una cultura de muerte y de muertos que caminan. De hombres deshumanizados que se compran y se venden, que venden y son comprados. De felicidad en caja y amor empaquetado. De etiquetas y prejuicios que reproducen realidades milenarias de dominación y segregación.

Destruir para crear.

Crear para existir.

Destruir para cambiar.

lunes 13 de julio de 2009

No somos un Estado fallido

No somos un Estado fallido.

Como una plegaria escuché repetirse esa frase entre amigos y conocidos, entre televisión y espectadores, cuando a inicios de la Administración Obama a México se le comenzó a llamar de esta manera.

No somos un Estado fallido.

En pocas cosas había acuerdo entre la clase política: no somos un Estado fallido; como la Selección mexicana de fútbol, esta es una cuestión de fe.

No somos un Estado fallido.

El sábado 11 y el domingo 12 de julio de 2009, organizaciones criminales -que no sólo se dedican al tráfico de drogas, sino a una variedad amplia de negocios-, atacaron cuarteles de la Policía Federal Preventiva, dejando cinco muertos y unas decenas de heridos, como respuesta a la detención del jefe Arnaldo Rueda Medina “La Minsa”.

No somos un Estado fallido.

Benjamín Le Barón y Luis Whitman, activistas antisecuestros mormones mexicanos, fueron torturados frente a su familia, para después ser asesinados el 7 de julio, en Chihuahua. Al costado de sus cuerpos apareció una nota, firmada por El General: “Para que entiendan los de Le Barón, esto es por los 25 jóvenes levantados en Nicolás Bravo, el siguiente de la lista es Klery Jones”.

No somos un Estado fallido.

Más de una década de asesinatos sistematizados de mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua. Más de una década de impunidad y desinterés gubernamental por encontrar no sólo culpables, sino soluciones a esta atroz violencia.

No somos un Estado fallido. Sólo somos un Estado donde el gobierno “legitimo” es incapaz de controlar su territorio. Sólo somos un Estado en el cual las organizaciones delictivas son capaces de atacar a las fuerzas gubernamentales con total libertad, en represalia de la detención de uno de sus hombres fuertes.

No somos un Estado fallido. Sólo somos un Estado donde las organizaciones criminales pueden con impunidad asesinar a quien les resulte un obstáculo, a quien les resulte un placer.

No somos un Estado fallido. Sólo somos un Estado donde el gobierno es incapaz de proveer las condiciones mínimas de seguridad a sus pobladores; en el cual el crimen es capaz de señalar su próxima victima y tener la certeza de que éste será asesinado.

No somos un Estado fallido. Sólo somos un Estado cuya estructura ha sido penetrada a tal grado por las organizaciones criminales que no es capaz de, en 10 años, ofrecer la más mínima esperanza de justicia a las familias de las mujeres cruelmente violadas, torturadas y asesinadas en Ciudad Juárez.

No somos un Estado fallido. Sólo somos un Estado en el cual los partidos políticos y la clase política en general pierden progresivamente una precaria legitimidad, donde el voto nulo es la cuarta fuerza política, y los que se abstienen, históricamente, han sido más que los que votan por un partido dado.

No somos un Estado fallido, plegaria errada. No somos un Estado fallido, ilusión insostenible. No somos un Estado fallido, dogma de fe desgarrado por la pesada violencia de la realidad.

Mero error de puntuación, de cadencia en la voz, de precisión en las palabras. La frase correcta en México es: “no; somos un Estado fallido”. En aras de la economía del lenguaje, diré solamente: “somos un Estado fallido.”